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Los líderes europeos se reúnen para abordar la crisis migratoria

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Otros 200 inmigrantes rescatados llegan al puerto de Catania. / Atlas / AFP


  • Los jefes de Estado y de Gobierno de la UE han decidido "al menos duplicar el presupuesto"

Lucía Abellán Bruselas 23 ABR 2015 - 12:56 CEST

Los jefes de Estado y de Gobierno de la Unión Europea se reúnen este jueves en Bruselas en una cumbre extraordinaria urgente para abordar la crisis migratoria después del hundimiento de un carguero en el Mediterráneo el pasado domingo en el que se calculan que murieron unas 800 personas. Los líderes europeos tienen como objetivo adoptar medidas que a corto plazo contengan las muertes de quienes tratan de llegar a Europa y, a largo, suavicen las salidas de barcos de los países vecinos del sur, particularmente de Libia. Los líderes han decidido “al menos duplicar” el presupuesto y los medios de las dos operaciones europeas de vigilancia —y al final de salvamento— que existen en el Mediterráneo: Tritón, que vigila las costas italianas con una dotación mensual de 2,9 millones de euros, y Poseidón, desplegada en el mar Egeo, con unos ocho millones al año. Así figura en un borrador del documento que tienen previsto aprobar este jueves.

Las tragedias en el Mediterráneo han propiciado una inusual unanimidad en el mensaje de los líderes europeos. Por encima de las diferencias sobre política migratoria, la prioridad es hoy salvar vidas. El cambio de actitud de Alemania y de Reino Unido, dos de los países hasta ahora más reacios a hablar de operaciones de salvamento marítimo por el supuesto efecto llamada que provocan, ha sido decisivo en este nuevo clima político. “Hay que poner fin a estos cargueros de la muerte”, sentenció este miércoles el primer ministro británico, David Cameron, hasta ahora muy crítico con la actuación italiana en sus costas.

Varios presidentes o primeros ministros anunciarán este jueves en Bruselas sus contribuciones adicionales a las misiones marítimas europeas, entre ellos el propio Cameron. Fuentes británicas rehúsan concretar si Londres aportará un barco u otros equipos, como se ha especulado, pero aseguran que el primer ministro presentará una oferta para Tritón. Ese paso adelante se une a la mayor disposición de Alemania a afrontar el problema de los naufragios. “Lo más importante es que hagamos lo necesario para evitar que las víctimas fallezcan de manera agónica a las puertas del Mediterráneo”, enfatizó la canciller alemana, Angela Merkel, poco después de la tragedia del barco hundido con entre 700 y 900 personas cerca de Italia.

Más espinoso resulta el plan para luchar contra las mafias organizadas, con la destrucción de los barcos incautados a los traficantes como punto principal. La idea, vivamente apoyada por Italia, España y Malta, suscita simpatías en el resto de países, pero el Consejo Europeo —representa a los Estados miembros— estudia el encaje legal de una misión de ese tipo.

“No se puede combatir a los traficantes sin tomar en serio la propuesta de [Matteo] Renzi: arrestar o destruir los barcos antes de que puedan ser usados. La idea de Tusk [el presidente del Consejo] está muy cercana a la de Renzi, pero no vamos a solventar ese problema en la cumbre”, asegura un alto cargo del Consejo. Para poder destruir barcos, la misión europea debería tener carácter militar y para intervenir en un país tercero como Libia se requiere el consentimiento de las autoridades nacionales —algo inviable ahora porque Libia carece de Estado— o un mandato de Naciones Unidas. Los líderes europeos pedirán al servicio diplomático que “comience inmediatamente” a diseñar esta operación, “de acuerdo con las normas internacionales”, según el borrador.

Con carácter aún más inmediato, los países se comprometerán a acoger al menos a 5.000 refugiados de países cercanos a la zona de conflicto en Oriente Próximo y reconocidos como tal por la ONU. Los países deberán acometer, de momento de manera voluntaria, un mayor esfuerzo en este terreno, en el que Europa se ha implicado muy poco. El año pasado los países miembros acogieron a poco más de 7.000 personas, frente a los millones de refugiados que residen en los países vecinos de Siria e Irak.

El presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, se reunió este miércoles con la presidenta de la Comisión de la Unión Africana, Nkosazana Dlamini-Zuma, y acordaron cooperar más en inmigración. “Está claro que la prioridad es salvar vidas humanas”, aseguró Juncker, que prometió ayuda en la lucha contra los traficantes.
 
FUENTE: El País.

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Esta fórmula de cooperación se está hundiendo poco a poco. Así que, ante la crisis política y económica en Europa, potenciar las relaciones Sur-Sur podría ser clave para el desarrollo y la prosperidad en esta zona

SAMI NAÏR 04/09/2010

Es una evidencia que dos años después del lanzamiento de la Unión Para el Mediterráneo (UPM) la política mediterránea de Europa se hunde lentamente en el fango. Los grandes proyectos anunciados con estrépito en julio de 2008 parecen estar cada vez más alejados: la descontaminación del Mediterráneo, el desarrollo de las autopistas del mar para facilitar los intercambios comerciales, un proyecto común de protección civil para luchar contra las catástrofes naturales, la puesta en marcha de un plan de desarrollo de la energía solar, la creación de una universidad euromediterránea y de un programa Erasmus euromediterráneo y el fomento de una iniciativa mediterránea para el desarrollo de las empresas.

La presidencia española de la Unión Europea no ha podido relanzar el proceso. Y, a pesar del excelente trabajo de movilización hecho por el ministro español de Asuntos Exteriores, Miguel Ángel Moratinos, tampoco ha podido impedir el fracaso de la cumbre sobre el agua ni el aplazamiento de la reunión plenaria de la UPM en Barcelona. La decepción viene no solo de la no realización de proyectos concretos, ya que siempre hay buenas excusas para las dificultades materiales, sino, sobre todo, del hecho de que todo transcurre como si el proyecto mismo, la idea general, el horizonte de espera de un Mediterráneo solidario, parecieran vanos. En una palabra: el entusiasmo se ha enfriado.

¿Cuáles son los motivos? En primer lugar, y siempre, el conflicto palestino-israelí. Lo paraliza todo en términos generales y puede hacer fracasar cualquier acción concreta. Además, no depende en absoluto de la sola voluntad de los euromediterráneos, excepto de Israel. Es un conflicto de alcance mundial en el que Europa tiene poco peso. Y las relaciones euromediterráneas serán rehenes de él aún durante mucho tiempo.

El segundo motivo es la falta de un proyecto serio de la Unión Europea en el Mediterráneo. Hoy es evidente que el plan elaborado en Barcelona en 1995 de una zona de libre intercambio (prevista para el 2010) no constituía un proyecto de desarrollo solidario. Sería interesante hacer un balance de los acuerdos de asociación firmados entre los países del sur y la UE: descubriríamos muchas de las razones que paralizan el proceso actual... Asimismo, los ejes proyectados por la UMP no pueden considerarse como una verdadera reorientación estratégica de Europa, dan más bien la impresión de ser un mal menor después del estancamiento del proceso de Barcelona.

A ello hay que añadir, a partir de ahora, un elemento nuevo, relacionado con la crisis económica mundial y sus efectos sobre Europa. Europa está cambiando ante nuestros ojos. El proyecto europeo está en crisis. La idea de una Europa política parece desvanecerse; la crisis del euro ha mostrado la frágil solidaridad entre las naciones europeas; se instala un tiempo de espera (de tres a cinco años) antes de que el futuro económico-financiero de la Unión quede despejado.

Pero las dinámicas geopolíticas, que obedecen más o menos al teorema de Napoleón según el cual "cada país tiene la política de su geografía", ya se imponen de nuevo. Alemania se habilita un espacio mitteleuropeo cada vez más restrictivo para con el resto de Europa; mira incluso más al Este, hacia Rusia, donde sus intereses de potencia continental están en juego de cara al futuro. Francia, que socorrió a Grecia y a España sobre todo por razones bancarias, pero cuyos intereses bien entendidos deberían verla estrechar sus lazos con los países del sur de Europa, parece de momento no tener voz.

El último motivo se debe a la situación de los países del Sur y del Este del Mediterráneo. Turquía ha llamado durante mucho tiempo a las puertas de Europa, y Europa ha hecho durante mucho tiempo oídos sordos. A partir de ahora, Turquía parece reorientar su estrategia lenta pero seguramente. Se está consolidando cada vez más como potencia regional, capaz de tener un papel autónomo en el Mediterráneo e incluso en el oeste de Asia. Sabe también que este es su mejor argumento para invitar a Europa a que tenga más consideraciones hacia ella.

La crisis actual de la UE, ¿puede ser una oportunidad para reforzar el proceso de adhesión de Turquía? No, si Europa decide reorganizarse en círculos concéntricos, con un núcleo duro de países del euro y países europeos de fuera del euro. Entonces harían falta todavía mucho tiempo y muchas reformas para que Turquía lograra cumplir con todos los criterios de convergencia de la zona euro, que además sería más que nunca una zona marco reforzada. Sí, si Europa misma, en la cresta de la crisis del euro, escoge finalmente la constitución de un vasto conjunto integrado y original de libre intercambio. Una especie de mercado único sin moneda única pero con una moneda común (la distinción no es superficial, bien lo saben los banqueros), como era el caso entre 1993 y 1999, antes de la creación del euro. Turquía tendría entonces su lugar, eminente y sólido. Lo que es seguro es que la economía mediterránea así como la estabilidad política regional se beneficiarían mucho de la entrada de Turquía en la UE actual. Hay que reforzar esta opción.

Pero la situación que levanta las cuestiones más difíciles es la de los países del Sur del Mediterráneo; queda claro para todos que a partir de ahora Europa no puede ser el motor central del desarrollo de los países del Magreb y del Mashreq. Puede ayudar a estos países a integrarse en la división desigual del trabajo y de la producción en el Mediterráneo, pero no es la solución milagrosa para su desarrollo. Tienen que hacerse cargo de sí mismos. Y solo podrán hacerlo si son capaces de constituir conjuntos regionales viables, coherentes y solidarios.

El Magreb (Argelia, Marruecos, Túnez, Libia, Mauritania) constituye en sí un conjunto portador de potencialidades inmensas de desarrollo. Pero el coste económico y político del no-Magreb es dramático para las poblaciones de estos países, obligadas a expatriarse o a subsistir en la promiscuidad social mientras viven en un verdadero El Dorado geoeconómico. Basta con imaginarse cuántos empleos y bienestar podría traer un acuerdo entre estos países en el ámbito de la industria o de la agricultura. O lo que podría aportar al comercio y al turismo la libre circulación de bienes, mercancías y personas entre estos países. Pero la Unión del Magreb Árabe está hipotecada por conflictos ridículos y las elites dirigentes parecen incapaces de proyectarse hacia el futuro. Resultado: predomina en todas partes el nacionalismo ultraconservador, fuertemente imbuido de religión.

En Oriente Próximo, el conflicto palestino-israelí no lo explica todo. ¿Qué impide la creación de un conjunto formado por Egipto, Siria, Líbano, Jordania (a la espera de Israel y Palestina)? Aquí también, las sinergias son muy fuertes y las potencialidades inauditas. Pero prevalece la misma actitud que en el Magreb: obcecación de los poderes, nacionalismos obtusos, miedo a la unidad, a pesar de que los pueblos estén tan cerca unos de otros. Pero en el contexto del largo ciclo de depresión que se anuncia en Europa, solo una toma de consciencia que favorezca las relaciones Sur-Sur podría jugar un papel realmente salvador para la construcción de una zona euromediterránea próspera.

Sami Naïr es profesor de la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla. Traducción de M. Sampons.

http://www.elpais.com/articulo/opinion/nueva/solidaridad/euromediterranea/elpepuopi/20100904elpepiopi_11/Tes