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- Reino Unido se ampara en una ley de 1994 para pinchar comunicaciones de sus socios en el G-20
Walter Oppenheimer Londres 17 JUN 2013 - 21:04 CET
Ahmet Dovutoglu, ministro de Exteriores turco. / ADEM ALTAN (AFP)
Las revelaciones de los
últimos días sobre la guerra sucia del espionaje de EE UU y Reino
Unido están poniendo en jaque al mundo diplomático. China se ha
visto obligada a aclarar que Edward Snowden, el hombre que ha
desatado la caja de los truenos con sus revelaciones, no trabaja para
ellos por mucho que se haya refugiado en Hong Kong. Turquía, espiada
en las reuniones del G-20 en Londres en 2009 habla de “escándalo”.
Suráfrica y Rusia callan pero un poderoso diputado ruso también
habla de escándalo. Y los países de la Commonwealth también
estaban en el menú de los insaciables espías británicos en la
cumbre que celebraron también en 2009 en Trinidad y Tobago.
Y, sin embargo, pese a
toda esta ensalada de conflictos más o menos latentes, espiar a
diplomáticos extranjeros es perfectamente legal en Reino Unido: lo
ampara una ley aprobada por los conservadores británicos en 1994 que
pone el interés económico nacional por encima de la cortesía
diplomática. Y el espionaje se practica sin distinguir demasiado
entre amigos o enemigos. Los únicos que se salvan, aparentemente,
son los países anglosajones con los que los británicos trabajan más
de cerca para saber lo que pasa en el mundo.
Turquía se supone que es
una firma aliado británico, pero eso no ha evitado que su ministro
de Finanzas y una quincena de sus colaboradores fueran espiados en
las reuniones del G-20 que se celebraron en Londres en 2009, año en
el que Reino Unido ocupaba la presidencia del grupo. El Ministerio de
Exteriores ha pedido explicaciones al embajador británico en Ankara,
aunque no ha llegado hasta el extremo de convocarle para presentar
una protesta.
El primer ministro
británico, David Cameron no ha querido hacer comentarios sobre esas
informaciones, publicadas el domingo por la noche por el diario The
Guardian a partir de documentos obtenidos a través de Snowden, el
exempleado subcontratado por la CIA que huyó a Hong Kong para
denunciar las prácticas del espionaje de EE UU a través de grandes
firmas de Internet y cómo los servicios secretos británicos han
utilizado el programa estadounidense Prisma con el que Washington
espía a ciudadanos no estadounidenses.
Según The Guardian, los
británicos pincharon los móviles y los ordenadores de varias
delegaciones, incluidas las de Turquía y Suráfrica, durante varias
cumbres del G-20. También asegura que los servicios secretos
estadounidenses llegaron a interceptar llamadas del entonces
presidente ruso, Dimitri Medvedev, aunque no llegaron a descifrar el
código con el que los rusos las protegían.
Aunque en aquellos
momentos el primer ministro británico era el laborista Gordon Brown,
las revelaciones son especialmente molestas para su sucesor, el
conservador David Cameron, porque coinciden con la celebración este
lunes y martes de una cumbre de jefes de Estado o de Gobierno de los
países del G-8 en Irlanda del Norte. Se da la circunstancia de que
Cameron se reunió el domingo con el presidente ruso, Vladímir
Putin, apenas horas antes de que se conociera el espionaje a su
antecesor.
Rusia, cuyas relaciones
tanto con EE UU como Gran Bretaña no pasan por un buen momento
debido al conflicto de Siria o a problemas bilaterales como el
asesinato en Londres del exagente secreto Alexander Litvinenko, ha
reaccionado con mucha prudencia. Quizás porque la propia Rusia no
debe estar libre de pecado en cuestiones de espionaje, el Gobierno no
ha querido hacer comentarios. Pero el presidente de la comisión de
Exteriores de la cámara baja del parlamento ruso, Alexey Pushkov,
dijo: “¡Escándalo! En 2009 en el G-20, los servicios especiales
de EE UU y Reino Unido escucharon las llamadas telefónicas de
Medvedev. EE UU lo niega, pero quién les puede creer. Esto es un
completo fraude”.
En Ankara la reacción ha
sido oficial, quizás porque el caso coincide con los disturbios de
Estambul y los intentos del Gobierno turco de achacarlos a una
conspiración extranjera auspiciada por medios como la televisión
pública británica, la BBC. El Ministerio de Exteriores ha hecho
público un comunicado en el que dice que las informaciones de The
Guardian “son alarmantes”.
“Si hay aunque sea solo
una brizna de verdad en todas esas informaciones, constituirían sin
duda un escándalo, en primer lugar para el país afectado”. “En
un entorno en el que la mutua confianza, respeto y transparencia
deberían ser esenciales para la cooperación internacional, un acto
semejante llevado a cabo por un aliado sería inaceptable si esas
informaciones son ciertas”, continúa el comunicado. “Esperamos
que las autoridades británicas presenten una explicación oficial y
satisfactoria. De hecho, se han puesto en marcha las oportunas
iniciativas diplomáticas en ese sentido”, concluye el texto.
Según The Guardian, los
servicios secretos británicos tenían también planes para espiar en
la cumbre de países de la Commonwealth que se celebró en Trinidad y
Tobago en 2009. El diario ha tenido acceso a un memorando de una
página secreta de la Intranet que el cuartel general de escuchas
británico, el GCHQ, comparte con la agencia de seguridad nacional
estadounidense, la NSA. Entre los listados que aparecen respecto a
esa cumbre figuran frases como “Inteligencia para informar a altos
UK Bi-lats”, “Inteligencia sobre las opiniones de Suráfrica
sobre Zimbabue antes de la reunión Brown/Zuma” o "Informe
cambio climático”.
China ha entrado por
primera vez en escena. Y lo ha hecho para aclarar que Edward Snowden
no es un espía de ellos. Lo ha dicho la portavoz del ministerio de
Exteriores, que aseguró ante la prensa que esas especulaciones “no
tienen ninguna base”. Desde Hong Kong, en una entrevista digital a
través de la web de The Guardian, Snowden ha afirmado que esos
rumores son interesados y forman parte de una campaña que ya se
esperaba. Y subraya que si realmente fuera un espía chino se habría
ido directamente a la República Popular en lugar de buscar refugio
en Hong Kong.
Fuente: El País.
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