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Los griegos siguen sin ver la luz al final del túnel

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Protesta de pensionistas, este miércoles en Atenas. / LOUISA GOULIAMAKI (AFP)

  • Pese a algunos datos económicos positivos, la crisis, y no la convocatoria de elecciones, es lo que de verdad preocupa a la población.

María Antonia Sánchez-Vallejo, Enviada especial Atenas 12 DIC 2014 - 09:33 CET


Pese al discurso oficial, ese que asegura, con un par de indicadores económicos en ristre, que Grecia ya ve luz al final del túnel de la crisis, Atenas encara días inciertos, sumida en una iluminación mortecina que ni siquiera los adornos navideños consiguen animar. No es el escaso trajín en las zonas comerciales, ni el tiempo desabrido y caprichoso; tampoco el nerviosismo que se ha instalado en los partidos políticos —y en sus corifeos, los medios de comunicación— por la convocatoria anticipada de unas elecciones presidenciales vitales para la estabilidad del país. En el ambiente flota mucho más, el cansancio de cuatro años de recortes y la sensación de que, se vote lo que se vote este mes —en tres rondas, del 17 al 29—, nada evitará nuevas dosis de hartazgo, miserias cotidianas y desesperanza. Sobre todo si a una hipotética elección fallida de presidente sigue la celebración “en enero” de las elecciones generales, como anunció este jueves el primer ministro, Andonis Samarás, de la conservadora Nueva Democracia (ND).

Algunos datos, sí, hablan de una cierta recuperación: récord turístico, con cerca de 19 millones de turistas este año (unos 13.000 millones de ingresos estimados); descenso del paro en septiembre (el 25,7%, 2,3 puntos menos que en el mismo periodo de 2013) o, en fin, el abandono oficial de la recesión de los últimos seis años, con un incremento del PIB del 0,7% en el tercer trimestre. Razones que en octubre empujaron a Samarás a anunciar que Grecia abandonaría el rescate antes de tiempo. Pero la empecinada realidad de la crisis y la inquietud suscitada en Bruselas por los últimos acontecimientos políticos imponen su propia versión de los hechos: no sólo se ha prorrogado el rescate dos meses más, sino que el país despedirá el año en deflación, mientras la Bolsa acumula esta semana más del 20% de pérdidas por el adelanto electoral. Al nerviosismo de Bruselas se suma el de la clase política local: nadie da un paso de más, ni hace una declaración sin permiso de la dirección del partido. Nadie habla. “Es un momento muy delicado, hay muchos nervios”, concede un alto funcionario ministerial.

“Intento ser optimista, pero no puedo; no creo en ningún salvador y, de hecho, si hay elecciones [generales] no sé a quién votaré. A la gente que no tiene para comer ni para pagar la calefacción, que no encuentra medicamentos porque faltan muchos en las farmacias, o que se juega la vida en hospitales sin medios y con médicos quemados por la sobrecarga de trabajo, le importa un bledo el adelanto electoral”, confiesa una periodista ateniense que pide no ser identificada. “Me rodean ingenieros que trabajan hasta 11 meses sin cobrar; periodistas que como máximo ganan 600 euros al mes por 12 horas de trabajo al día… ¿dónde ve alguien la luz al final del túnel? Es el discurso del Gobierno, no la Grecia real”.

El frenético cálculo de votos para salir indemne de la votación presidencial ha lanzado al Gobierno bipartito (conservadores y socialistas, 155 escaños) a la busca y captura de 25 parlamentarios —los independientes casi suman esa cifra— que completen los 180 votos que necesita su candidato, el excomisario europeo Stavros Dimas. Para convencerlos —todos son viejos conocidos, la mayoría proceden de las filas del bipartito— se azuza el fantasma de la ingobernabilidad que apuntan las encuestas; la última, de la empresa Alco, da cinco puntos de ventaja a la izquierdista Syriza (31%) sobre ND; con los neonazis de Aurora Dorada en tercer puesto y un ridículo 5% para el Pasok (socialistas), que hasta 2009 ganaba las elecciones de calle.

Ni siquiera el buen año del turismo permite albergar esperanzas para el que viene. “Con la subida del IVA turístico del 6,5% al 13%, como ha ofrecido el Gobierno a la troika en las últimas negociaciones, muchos se van a retraer”, apunta Dimitris Xristú, pensionista y hasta hace poco director del diario Afyí, órgano oficial de Syriza. “El escenario está bien claro: Samarás sabe que su candidato va a perder las presidenciales, y que habrá generales en enero, en las que impedirá que Syriza logre mayoría. Pero mientras tanto la economía real, la producción industrial y el comercio, se congelará aún más, y la troika pedirá más esfuerzos, mientras los jóvenes siguen yéndose van por falta de futuro. Mis dos hijas lo han hecho, una a Francia y otra a Inglaterra. Y ninguna de ellas va a volver, porque su país no tiene nada que ofrecerles”.
FUENTE: El País.

FORMACIÓN RELACIONADA:

La Unión Europea prepara sanciones contra Ucrania

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Policías antidisturbios forman en la Plaza de la Independencia de Kiev.

  • Merkel y Hollande unen posiciones para condenar los "actos intolerables" de violencia. 
  • Los ministros de Exteriores se reunirán este jueves para imponer medidas que podrían incluir un embargo de armas y congelación de bienes de autoridades ucranianas 
 
La Unión Europea ha empezado a movilizarse contra Ucrania. Ante el aumento de la violencia en Kiev, donde han muerto en las últimas horas 25 personas por los enfrentamientos entre Policía y manifestantes, Bruselas se está preparando para imponer sanciones de forma inmediata al Gobierno de Víktor Yanukóvich.

Los ministros comunitarios de Asuntos Exteriores se reunirán este jueves de forma extraordinaria para estudiar las medidas a tomar. Según un asesor del titular polaco ya se ha alcanzado un consenso. El propio presidente permanente del Consejo Europeo, Herman Van Rompuy, ha confirmado que la Unión responderá con "medidas concretas", entre las que habría "sanciones financieras y restricciones de visados a los responsables del excesivo uso de la fuerza" para prohibirles viajar a territorio comunitario.

Fuentes diplomáticas han ido más lejos y afirmaron que también se discute la posibilidad de imponer un embargo de armas o de material que pueda ser utilizado en acciones de represión, además de la congelación de bienes a una lista de personas que propondrá en principio la oficina de la UE en Kiev. Las sanciones tendrán que ser adoptadas por unanimidad de los Veintiocho. Una portavoz comunitaria señaló que las medidas pueden acordarse "en un tiempo relativamente corto" gracias a la agilización de estos procedimientos introducida por el Tratado de Lisboa.

La mayoría de Gobiernos y representantes de otros países han manifestado su repudio por los enfrentamientos en la capital ucraniana entre las fuerzas de seguridad y manifestantes contrarios a Yanukóvich y han pedido al Ejecutivo ucraniano de manera generalizada que ponga fin al uso de la fuerza contra los opositores. La violencia en Kiev, donde ha habido decenas de heridos de bala en ambos bandos, comenzó el martes durante la marcha de miles de manifestantes hacia la Rada Suprema (Parlamento ucraniano), después de que entrara en vigor la amnistía de todos los detenidos en las protestas de los últimos tres meses.

Merkel y Hollande han unido posiciones para condenar la violencia y avisar del castigo a Ucrania que se avecina. "Los que han cometido los actos, los que se preparan para cometer otros, deben saber que serán sancionados", señaló el presidente galo en presencia de la canciller alemana tras un consejo de ministros franco-alemán en París. El mandatario calificó los últimos enfrentamientos de "actos incalificables, inadmisibles e intolerables de violencia, brutalidad y represión".

Hollande se ha mantenido también en contacto con el primer ministro polaco, Donald Tusk, muy activo en el plano diplomático sobre las medidas a tomar contra su país vecino. Ambos han insistido "en la necesidad de (imponer) sanciones urgentes" dirigidas hacia los responsables ucranianos, según reza un comunicado del Elíseo. Los ministros de Exteriores de Francia, Alemana y Polonia viajarán este jueves por la mañana Kiev antes de la reunión de Bruselas.

Por su parte, el presidente de la Comisión Europea, José Manuel Durao Barroso, ha telefoneado a Yanukovich para trasladarle su "consternación y estado de shock" por los últimos acontecimientos y le ha advertido de que la UE "reaccionará con firmeza" contra los responsables de la violencia. El jefe del Ejecutivo comunitaria ha recordado al presidente ucraniano "la especial responsabilidad del Gobierno ucraniano de evitar la violencia y respetar los Derechos Humanos y las libertades fundamentales".

El presidente de la CE subrayó que "la UE ha ofrecido su sincera asistencia para facilitar el diálogo político entre las partes y frenar la escalada de la situación". Agregó que para la Unión "la única salida a esta larga crisis son las reformas constitucionales, la formación de un nuevo Gobierno inclusivo y crear las condiciones para celebrar elecciones democráticas". "Nuestra oferta de asociación política e integración económica sigue sobre la mesa y no constituye el objetivo final de la cooperación", añadió.

En tanto, el presidente ruso, Vladimir Putin, ha mantenido durante la noche de este martes una conversación telefónica con Yanukovich. Haciéndose eco de las declaraciones del primer ministro ucraniano, Mikola Azarov, el portavoz del mandatario ruso ha asegurado que Rusia considera que las protestas antigubernamentales equivalen a un intento de golpe de Estado.

Fuente: Público.

Asalto ciudadano a las instituciones en Kiev como señal de desesperanza

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 Enfrentamientos entre manifestantes y policías, en Kiev.
 Enfrentamientos entre manifestantes y policías, en Kiev. SERGEY DOLZHENKO EFE

  • Ciudadanos proeuropeos furiosos con Yanukovich protagonizan una batalla campal
  • Toman el Ayuntamiento y rodean oficinas del presidente, que baraja el estado de excepción.

XAVIER COLÁS Enviado especial Kiev

El hombre que no ha permitido que Ucrania ingrese en el mercado europeo no podía anoche ni entrar en su despacho. Cientos de ucranianos furiosos rodearon el complejo de oficinas del palacio presidencial pidiendo la dimisión del jefe de Estado, Victor Yanukovich. El Ayuntamiento fue tomado por una multitud de descontrolados, que descolgaron la foto del presidente y la exhibieron con un bigote como el de Hitler. Fue el trofeo de los vándalos tras una jornada que arrancó de manera civilizada pero enérgica al mismo tiempo.

Una inmensa manifestación campó a sus anchas por el centro de la ciudad forzando a la policía a marcharse en lugar de cumplir con las órdenes de bloquear el acceso a los lugares que habían sido vetados para protestar. Kiev está lleno de ciudadanos hartos. Quieren que caiga el Gobierno, que haya elecciones anticipadas, que se reconduzca el rumbo del país hacia Bruselas en lugar de hacia Moscú. La nueva deriva rusa ha herido el orgullo de gente que llegó en autobuses de todos lados del país: cada proclama terminaba con un 'viva Ucrania' que era contestado al unísono en las calles, frente a la policía y hasta dentro de unas cafeterías que anoche no sabían si cerrar ante la amenaza de disturbios o abrir hasta la madrugada en vista del llenazo que registraban.
 
Una multitud frente al Ayuntamiento

"No me gusta Rusia, pero de lo que estoy harto es de este presidente", explicaba Alek, un padre de familia que seguía a la multitud con una pequeña bandera ucraniana. Kiev no es ahora una ciudad sin ley, pero la ley que impera no es la del presidente. Los manifestantes entraron en masa en la plaza que el Ayuntamiento iba a proteger y treparon por todo el inmenso árbol de navidad que las autoridades habían puesto como excusa para cerrar el recinto. Los propios ciudadanos indignados hicieron de antidisturbios en varias ocasiones, enfrentándose con los que intentaban asaltar las oficinas de la Presidencia. Un momento crítico se produjo cuando los más radicales usaron una excavadora para atravesar el cerco policial. Desde las filas de la oposición se criticaron estas acciones y algunos han acusado el Gobierno de haberlas incentivado.

A todas horas era inevitable la comparación con la Revolución Naranja de 2004, cuando la ola de indignación paró en seco el pucherazo electoral que iba a llevar a Yanukovich al poder. "Hay mucha más rabia, mucho más hartazgo y mucha más tentación de recurrir a la violencia que hace nueve años", decía Vladimir, de unos 30 años, mientras se encogía de hombros con los ojos enrojecidos. A su espalda, las oficinas del presidente, en cuya puerta se desgañitaban discutiendo dos encapuchados: uno quería entrar a lanzar más piedras, el otro intentaba que nadie más se sumase a los descontrolados.

-¡Eres un provocador!

-¿Provocador? ¡Mírame [se descubría la cabeza] estoy calvo, me hago viejo, no aguanto más lo que están haciendo con mi país! ¡No puedo más, ellos son los que me están provocando!

Irina, una joven politóloga, se mordía el labio emocionada, asintiendo en silencio al estallido de frustración nacional que representaban ambos: el no poder aniquilar institucionalmente al hombre que llegó democráticamente al poder tras el estallido de la promesa occidental de los padres de la Revolución Naranja, Victor Yushenko y Yulia Timoshenko.

Un país embarrado en la crisis económica

Ahora Ucrania está embarrada en la crisis económica y la opción rusa que ha abrazado el presidente, presionado por las amenazas de Moscú y sus problemas para liberar a Timoshenko, ha hecho comprender a muchos ucranianos que les espera doble ración de lo malo conocido. La economía ucraniana tiene demasiados vínculos y servidumbres con Rusia, pero para quien acaba de empezar es más atractivo el riesgo: "Preferimos Europa, aunque no estemos preparados, hay que empezar a estarlo", decían, interrumpiéndose la una a la otra, dos universitarias en la plaza de la Independencia. Allí, según datos de los partidos opositores, se congregaban hasta medio millón de personas, mientras que el Ministerio del Interior hablaba de 150.000. La interminable lista de oradores en el mitin dejó en el aire una palabra mil veces repetida: revolución.

En los restaurantes, la gente miraba a la calle con una mezcla de preocupación y regocijo. Y muchos que no aprobaban el cerco al palacio del presidente daban un rodeo antes de la vuelta a casa para disfrutar un poco del espectáculo.

La brutal irrupción del cuerpo policial Berkut en la crisis, apaleando en la madrugada del jueves al viernes a los jóvenes que habían acampado en el centro, ha sido el último empujón que necesitaban los más apolíticos para salir a la calle. Y la chispa que le faltaba una guerrilla callejera que arrasa símbolos del Estado enarbolando al mismo tiempo la bandera del país.

Reacción del presidente

Consciente de que había perdido el control del centro de Kiev, el presidente se reunió con sus más cercanos colaboradores en las afueras de la capital para estudiar la posibilidad de decretar el estado de excepción. "Ahora está en su dacha [típica casa de campo rusa] pero mañana no sé cómo entrará a trabajar", rumiaba Irina. Algunos medios ucranianos consideraban probable que a partir de hoy, cuando está prevista una huelga general en todo el país, se decrete el estado de excepción. "Eso es algo que aún no se ha decidido", decía por la tarde una fuente del Ejecutivo citada por RBK-Ukraini.

Por la mañana, como tratando de poner la venda antes de la herida, el presidente Yanukovich aseguraba que haría todo lo que esté en su mano para acercarse a la UE, pero recalcando que la colaboración debe hacerse como "socios igualitarios". Pero la calle siente que es tarde. Y la furia ciudadana dio incluso para ajustar cuentas con el pasado: anoche una multitud se preparaba para derribar la estatua de Lenin mientras otros opositores les rodeaban intentando hacerles recapacitar. La policía, que la vigiló todo el día, parecía ya darla por perdida.

Fuente: El Mundo.

Las voces contra el ajuste de Merkel se multiplican en Europa

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En relación a los contenidos que estudiamos en el Máster en la Unión Europea delInstituto Europeo Campus Stellae, os acercamos esta reflexión sobre las medidas de austeridad en la UE.

  • El presidente del BCE afirma en la Eurocámara que se necesita un pacto para salir de la crisis.
  • Desde los capitanes de abril de Portugal hasta Romano Prodi cada vez son más las críticas.

Claudi Pérez Bruselas 25 ABR 2012 - 22:09 CET


 
Manifestantes participan en una protesta contra la política económica del Gobierno portugués. / RAFAEL MARCHANTE (REUTERS)


La receta alemana, basada en imponer estrictos recortes y una reducción de salarios al menos al Sur de Europa, no funciona: Europa se enfrenta a un largo periodo de austeridad, recesión, desempleo y caída de los niveles de vida, el caldo de cultivo idóneo para los movimientos populistas. Cuanto más se prolonguen estas condiciones, más europeos se volverán en contra del euro, la inmigración y el libre comercio. Ese es el análisis que tienen encima de la mesa Washington y Pekín, que comparten los mercados, sean quienes sean los mercados, y hasta los propios líderes europeos, siempre en privado y con la boca pequeña.

Pero no todo está perdido: la sospecha de que la medicina que Alemania está obligando a tragar a media Europa no sirve emergió hoy con fuerza en los discursos de los políticos europeos, de los banqueros centrales e incluso de los militares portugueses, tras la detonación que han supuesto las elecciones en Francia y las serias dificultades de Holanda, el alumno aventajado de Berlín, que ahora es incapaz de seguir sus pasos. Europa necesita crecer; no basta con el látigo de las reformas, de los recortes. No basta con usar la tijera: ese es el mensaje. Las miserias de Atenas, Lisboa y Dublín empiezan a verse en las calles de Madrid y Roma: palabras mayores. Y de alguna manera esos miedos están a las puertas de París y Ámsterdam, el núcleo duro de Europa: palabras aun mayores.

La retirada es la más difícil de todas las operaciones. Pero quien se empecina en un callejón sin salida y es incapaz de dar marcha atrás, ¿no provoca su propia derrota? Los ecos de esas palabras de Clausewitz se escucharon con voz nítida en el Parlamento Europeo, en Bruselas, pero también a casi 2.000 kilómetros de allí: en Lisboa, donde los capitanes portugueses que protagonizaron la Revolución de los Claveles se negaron a asistir a las celebraciones oficiales. "Las medidas y los sacrificios impuestos a los ciudadanos sobrepasan los límites de soportable", dijo Vasco Lourenço, uno de esos capitanes que acabaron con la dictadura portuguesa en 1974. 

La institución que tiene las llaves de la salida de la crisis, el Banco Central Europeo (BCE), no fue tan lejos. Y sin embargo el presidente del BCE, Mario Draghi, dio un giro que puede ser fundamental en la gestión de la crisis europea, y que indica que los equilibrios de fuerzas han cambiado. Draghi insistió durante un largo discurso en el Europarlamento con la consabida necesidad de recortes y reformas, pero al ser preguntado por Francia sacó la pistola y disparó lo que parece el tiro de gracia al fundamentalismo de la austeridad que domina la política económica europea desde hace meses. "Europa necesita un pacto por el crecimiento", espetó Draghi.

Nadie en Europa duda de que la austeridad es necesaria. El debate se centra en una cuestión de dosis: el juego de palabras preferido de algún diplomático en Bruselas viene a decir que el rigor, cuando se administra en exceso, se convierte en rigor mortis. El debate entre austeridad y crecimiento emergió tras superar la fase más aguda de la crisis, con Europa y Estados Unidos optando por soluciones opuestas: recortes europeos o alemanes, aplicados con disciplina de mercado, frente a estímulos americanos. Francia y Holanda vienen ahora a equilibrar esa balanza, en una posición que puede beneficiar a España e Italia. 

Y Draghi se permitó terciar en ese debate con una imagen tan poética como cargada de significado desde el punto de vista político e ideológico: "Estamos en medio de un río que debemos cruzar", dijo para justificar que Europa solo está viendo, de momento, los efectos negativos de la austeridad: más recesión, más paro, más pobreza. Se supone que en la otra orilla está una recuperación de la economía europea asentada sobre bases más firmes. Pero no hay una base científica que avale esa posibilidad, y de lo momento todo lo que se ve es un frenazo en seco de la economía europea. De ahí ese nuevo empuje de la política europea, que el BCE hace suyo contra todo pronóstico.

"Desde un punto de vista abstracto, siempre se puede atender una deuda. Pero hay un umbral político, social y tal vez moral incluso más allá del cual esta política se hace inaceptable", dejó escrito en su día Jack Boorman, del siempre ortodoxo Fondo Monetario Internacional (FMI). Europa, al menos una parte de Europa, está cerca de ese punto: sumida en una crisis que ha hecho que el miedo cale en las gentes, y en la que la impresionante disciplina presupuestaria no ha resuelto la confianza en la deuda pública y en el sistema bancario. 

En el sur de Europa hace tiempo que algunas voces destacan que la propuesta alemana es contraproducente. Pero la victoria de François Hollande en la primera vuelta de las presidenciales francesas ha abierto la veda. El candidato socialista hizo un discurso con una idea fuerza: su victoria "será también la de una nueva Europa". Hollande no ratificará el pacto fiscal si este no se completa con un pacto de crecimiento, lo que lleva a una extraña asociación de ideas con el discurso de Draghi. El peligro último, dijo el candidato socialista, es que los recortes conduzcan a un populismo como en los años treinta del siglo pasado.

Las izquierdas han vagado como verdaderos fantasmas durante dos décadas en el continente, pero Hollande vino ayer a vacunar a Francia contra el peligro de olvidarse de la historia. El auge del lepenismo en Francia es el último capítulo de ese resurgir de los extremismos que se repite en Holanda y en Hungría, en Finlandia e Italia, incluso en Grecia. "Si Europa no retoma la senda del crecimiento y de la justicia social, los populismos se llevarán el gato al agua", dijo el candidato francés.

Europa ya había hecho tímidas referencias al crecimiento en las últimas cumbres, que nunca han llegado a sustanciarse en medidas, y mucho menos en euros contantes y sonantes. No está claro que el pacto por el crecimiento que preconiza Hollande sea el mismo que desea el BCE, mucho más partidario de las reformas, viejo eufemismo que normalmente enmascara recortes de derechos. La canciller Angela Merkel hizo de intérprete de Draghi para llevar el agua a su molino: "Necesitamos crecimiento, crecimiento con iniciativas duraderas, y no simples programas de coyuntura que aumentarían todavía más la deuda pública, pero crecimiento como Mario Draghi propone, con reformas estructurales", declaró. Tras más de una década de congelación salarial y en un país en el que más de ocho millones de personas ganan 400 euros al mes, uno de los grandes sindicatos germanos, IG Metall, amenaza con una oleada de huelgas si los salarios no suben el 6,5%. La patronal ofrece un 3%. Pero Merkel sigue en sus trece: "Las cargas salariales no deben ser demasiado altas y las barreras al mercado de trabajo deben ser bajas para que cada uno pueda encontrar un empleo".

Y eso es lo que empieza a soliviantar a algunos políticos europeos, que consideran que Berlín ha ido demasiado lejos. Europa aceptó la austeridad y el resto de dogmas alemanes con la esperanza de que Merkel suavizaría el tono cuando viera que el resto de Europa abrazaba las reglas fiscales estrictas. No ha sido así. El político italiano Romano Prodi capitalizó buena parte del desencanto y propuso un golpe de timón inmediato: "Si Alemania parece estar convencida de poder hacerlo sola, Italia debe trabajar con Francia y España para relanzar Europa". "Es necesario cambiar de política", proclamó el ex primer ministro italiano y expresidente de la Comisión Europea. Su sucesor en Bruselas, José Manuel Barroso, optó por una declaración conciliadora entre esas dos facciones, la alemana y la que emerge a la sombra de Hollande en Francia, y aseguró que la profunda crisis europea exige "medidas de consolidación fiscal y de crecimiento, como las dos caras de la misma moneda".

"En última instancia, los alemanes intentarán salvar el euro. Pero en París y en Bruselas preocupa cada vez más que para cuando por fin decidan moverse sea demasiado tarde", explicaban fuentes diplomáticas en la capital europea hace unos días. Ante una crisis de mil caras pero que sigue siendo financiera y fiscal, y sobre todo política, en Europa sigue mandando Alemania y su dogmatismo alrededor de la austeridad: la Unión ha adoptado en sus tratados el principio de frenar frente al de acelerar. La prueba de que eso no basta es la reacción de la política europea tras la primera ronda de las presidenciales francesas. 
 Y la sospecha de que las tesis alemanas han agravado el estancamiento económico en casi todos los países de la eurozona, la posibilidad de impago de la deuda soberana de una parte de ellos (que han sobrepasado la categoría de los periféricos) y las incógnitas sobre la liquidez y la solvencia de la banca, el aparato sanguíneo del sistema económico. La avería ya va más allá de la economía.

Fuente: El País.