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Suiza da un portazo a la Unión Europea

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  • Los ciudadanos votan acabar con la libre circulación por una ajustada mayoría del 50,3%
  • La medida abre una crisis política con Bruselas

Lucía Abellán Bruselas 9 FEB 2014 - 23:16 CET


Suiza ha abierto una brecha en la estrecha relación que hasta ahora mantenía con la Unión Europea. Los ciudadanos de este país han aprobado este domingo en referéndum un ataque frontal a sus socios comunitarios. Por una estrecha mayoría del 50,3%, los suizos decidieron imponer cuotas de entrada a los vecinos europeos y acabar así con la libre circulación de personas que rige entre ambos territorios desde 2002. Bruselas se apresuró a lamentar la decisión y a avisar de que estudiará su impacto sobre la relación bilateral.

El texto refrendado en las urnas ofrece poco margen a la interpretación. Impulsada en solitario por la Unión Democrática de Centro, partido de extrema derecha, la iniciativa insta a reintroducir un sistema de cupos que permita además limitar el acceso a los beneficios sociales y el derecho a la reagrupación familiar de los europeos. Consciente de que esa exigencia vulnera los acuerdos que vinculan a Suiza con la UE, el texto obliga a renegociarlos en el plazo de tres años.

“El Consejo federal [el equivalente al Gobierno central en Suiza] trabajará para aplicar estas decisiones sin dilación”, garantizó la responsable de Justicia, Simonetta Sommaruga, que no obstante advirtió de las “consecuencias de largo alcance” que implica el resultado. El máximo órgano de gobierno de la confederación helvética se había opuesto a la iniciativa con un estudiado argumentario que ha quedado sepultado por las urnas.

El referéndum es un ejemplo claro de la irracionalidad que se ha apoderado del debate migratorio en todo el continente. La economía suiza experimentó un gran auge a raíz de la entrada en vigor de la libre circulación —entre otras cosas porque también llevaba asociado el acceso de los productos suizos al mercado único europeo—, el paro se ha mantenido en un modestísimo 3%, los salarios han crecido un 0,6% anual y el control de las condiciones laborales es mayor que nunca.

Pero el malestar de la población ante problemas solo lejanamente ligados a la inmigración (el 23% de los habitantes en Suiza) y el recelo al extranjero que resuena en Europa se han impuesto a las cifras. “Es una votación ligada a las emociones. Todos los estudios demuestran que la libre circulación ha beneficiado a Suiza y en cuanto a los salarios, precisamente se han reducido las desigualdades porque han subido más los sueldos medios y bajos”, razona Yves Flückiger, vicerrector de la Universidad de Ginebra y experto en la materia.

“Con el sistema de cuotas tendremos dificultades para encontrar la mano de obra que necesitamos en un país con mucha innovación y que necesita trabajadores muy cualificados”, admite Cristina Gaggini, directora de la patronal Économiesuisse para la parte francófona del país. Gaggini teme el periodo de incertidumbre que se abrirá y advierte de que la limitación de europeos “no es la solución para los problemas que manifiestan los suizos”.

Pocas veces coinciden en un mismo diagnóstico voces tan opuestas. Mischa Von Arb, portavoz del sindicato Unia, alerta de que la protección de los trabajadores empeorará con el fin de la libre movilidad. Porque esta vino aparejada de un sistema de control de las condiciones laborales que prevé fuertes multas cuando se viola la legislación. Von Arb subraya, además, el error de diagnóstico de la ciudadanía: “Antes, la inmigración en Suiza consistía más en ciudadanos de España, de Italia o la ex Yugoslavia que trabajaban en sectores menos cualificados, con salarios bajos. Pero ahora son en buena medida alemanes de clase media. Y los que trabajan en sectores menos cualificados hacen el trabajo que los suizos no quieren hacer”, alega.

Paradójicamente, ni siquiera los impulsores de la iniciativa discuten las cifras. Fabienne Despot, presidenta del partido UDC en el cantón de Vaud, uno de los 26 que componen el país, concede que las empresas necesitan mano de obra extranjera, pero animan a buscar “primero entre los suizos y luego, entre los extranjeros que ya hay” antes de reclutar a otros. Esa es otra de las novedades que impone la iniciativa aprobada en las urnas. “Hay una concentración demográfica muy fuerte en Suiza. Se podrían construir edificios más altos o hacer habitables terrenos agrícolas, pero mucha gente se opone. Además, la red de transportes está muy presionada y eso se debe al efecto migratorio”, abunda Despot. Unos argumentos que resultan demasiado débiles ante la magnitud del terremoto que puede provocar la decisión suiza.

Porque anular la libre circulación implica hacer lo mismo con los otros seis acuerdos que vinculan a ambos territorios desde 2002. Entre ellos, la desaparición de barreras comerciales, la integración de las políticas de transportes y el acceso que tiene Suiza (a cambio de una contribución al presupuesto comunitario) a los programas de investigación de la UE. Bruselas ya había dado indicaciones para que cualquier nueva decisión sobre la participación suiza en esos programas se condicionase al referéndum, aseguran fuentes comunitarias.

La razón por la que la suspensión de un acuerdo implica la caída del resto obedece a la llamada cláusula guillotina, que Bruselas introdujo ante el temor de que los suizos, que ya anteriormente habían convocado referendos antiinmigración, plantearan algo similar. Ese supuesto se ha dado y probablemente los perjuicios que pueda provocarle a Suiza la desaparición de todo ese marco normativo sobrepasen de lejos los beneficios de regular la entrada de europeos.

El voto de ayer genera, además, una desconfianza política en Bruselas cuyos efectos son difíciles de calibrar. Uno de los elementos que podrían verse afectados es la pertenencia de Suiza al espacio Schengen de libre circulación. Aunque legalmente es posible volver al sistema de cuotas de trabajadores y mantener las fronteras abiertas, en la práctica resulta complejo de gestionar.

Bruselas “examinará las implicaciones que tiene esta iniciativa en el conjunto de la relación entre la UE y Suiza”, anunció la Comisión Europea en un comunicado. El Ejecutivo comunitario deja entrever su malestar al avisar de que la decisión del Gobierno, dispuesto a aplicar la iniciativa votada, “será tenida en cuenta”.

Consciente del sentir de la población, el Gobierno suizo ya se había enfrentado a Bruselas al imponer cuotas para los permisos de trabajo de larga duración a los europeos (primero a los del Este, en 2012, y luego a todos en 2013). Pero esa posibilidad se agotaba ya en mayo de este año para volver de nuevo a la libre circulación (excepto para rumanos y búlgaros, limitados hasta 2019). A la luz de lo votado esta noche, esa movilidad sin trabas será transitoria.

Fuente: El País.

La revuelta proeuropea acorrala al Gobierno de Ucrania

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  • La oposición cerca la sede del Gobierno y exige la renuncia del primer ministro
  • El Parlamento pretende debatir hoy la destitución del Ejecutivo

Pilar Bonet Kiev 2 DIC 2013 - 23:23 CET


¿Puede la grave crisis política de Ucrania ser resuelta por las instituciones del Estado sin que derive en caos y violencia? A esta pregunta que inquieta en los centros de poder occidentales deberá responder la Rada Suprema de Ucrania (Parlamento estatal) que ha aceptado debatir sobre el cese del Gobierno en su sesión plenaria del hoy. El voto de censura al Gabinete que dirige Mikola Azárov fue incluido en el orden del día a instancias de los líderes de la oposición parlamentaria, que son también los dirigentes de las manifestaciones en la calle (el euromaidán) y del “comité de resistencia nacional” formado tras la violenta disolución de un mitin pacífico en la madrugada del sábado.

Por ver está si la fuerza vertebradora del Gobierno (el Partido de las Regiones), mayoritario en la Cámara, aceptará sacrificar a Azárov en espera de ganar tiempo y minimizar su descrédito tras el giro de 180 grados que supuso la congelación del acuerdo de asociación y de libre comercio con la UE en vísperas de la cumbre de la UE que debía firmar el documento el 29 de noviembre. Es dudoso que la caída del Gobierno baste para aplacar los ánimos de la calle, que exige la dimisión del presidente Víctor Yanukóvich.

Activistas del partido nacionalista Svoboda, Udar (la fuerza dirigida por el campeón de boxeo Vitali Klichkó) y Patria (el partido de la encarcelada Yulia Timoshenko) bloquearon ayer durante todo el día la sede del Gobierno e imposibilitaron así el funcionamiento normal de la institución. Tal vez por ello, Azárov había convocado por la tarde a los embajadores de la UE en la sede del ministerio de Exteriores. El acuerdo de asociación con la UE sigue estando sobre la mesa, pero los episodios de violencia del fin de semana han cambiado cualitativamente el contexto en el que se había desarrollado hasta ahora la relación con Ucrania, afirmaban medios diplomáticos en Kiev.

Tras la carga policial contra los manifestantes de la plaza de la Independencia siguieron el domingo violentos enfrentamientos junto a la sede de la Presidencia, que se han saldado con centenares de heridos, entre activistas y fuerzas del orden público, a los que hay que añadir varias decenas de periodistas golpeados por las fuerzas antidisturbios. La calle que lleva a la sede presidencial estaba desierta ayer, al haber sido cortada en dos puntos, situados a unos cien metros entre sí. Junto a la presidencia habían tomado posiciones los antidisturbios, y al inicio de la calle, junto a unas barreras metálicas, se habían situado voluntarios del servicio de orden del “comité de resistencia nacional”, que se someten a las órdenes de Yuri Lutsenko, que fue ministro del Interior con Timoshenko.

Con firmeza, pero de modo tranquilo y hasta paternal, fornidos veteranos de la liquidación de las consecuencias del accidente de Chernóbil y de la guerra de la URSS en Afganistán mantenían a raya a los jóvenes, algunos de ellos enmascarados, que trataban de colarse hacia la presidencia aprovechando para ello los momentos en que las barreras se abrían para dejar pasar a algún que otro vehículo.

Los 28 embajadores de la UE, además de los representantes diplomáticos de EE UU, Japón, Canadá y Suiza, se reunieron por la mañana con los líderes del “comité de resistencia nacional” en el edificio central de los sindicatos, que ha sido ocupado por la oposición y es ahora su cuartel general. La condena a todo tipo de violencia, el reconocimiento del liderazgo de los dirigentes de la oposición en el intento de frenar la violencia del domingo y la necesidad de diálogo político con las autoridades fueron tres puntos básicos del mensaje transmitido por los diplomáticos. Por su parte, el comité de resistencia nacional transmitió a los embajadores el deseo de que la UE apoye a los que salieron pacíficamente a la calle y de muestras de solidaridad con el pueblo ucraniano. También entregaron información sobre los manifestantes que han sufrido la violencia policial.

Durante el fin de semana, miembros del Gobierno han contactado a representantes occidentales para dar su versión de los hechos. Además, altas figuras del Estado han indicado que el equipo de Yanukóvich está dividido y que una parte de éste está dispuesto a trabajar en el acuerdo de asociación para firmarlo con la mayor brevedad. Esta posición es expresada por tienen esperanza de reforzarse en el Gabinete tras una “purga” (la marcha de Azárov) que dé al Ejecutivo una apariencia de renovación y credibilidad. Para que estos planes (dignos del cuento de la lechera) puedan ponerse en práctica es necesario, de entrada, que el Partido de las Regiones se divida y que parte de sus diputados se pasen de bando y sumen sus votos a los de la oposición. De momento, los representantes de ésta dicen contar con 215 votos, por lo que necesitan otros 11 para obtener la mayoría simple de 226 votos (la Cámara tiene 450). Si esta vía prospera, teóricamente podría llegarse a un acuerdo para formar un Gobierno de coalición nacional con la oposición, lo cual plantearía una nueva serie de problemas.

Indicios de los ánimos fueron las declaraciones de Inna Bogoslóvskaya. Esta diputada, que ha anunciado el fin de su militancia en el Partido de las Regiones, advirtió que “un tercio” de los manifestantes contra el Gobierno quisieran que los dirigentes de Ucrania “sufrieran el destino de Ceaucescu [el presidente rumano linchado tras la revolución anticomunista de 1989]”. “Si mañana no destituimos al gobierno el Parlamento dejará de funcionar”, dijo Bogoslóvskaya, que advirtió a sus camaradas: “No hagan ver que el problema no existe, porque de lo contrario la calle acabará con el Parlamento”.

Fuente: El País.