Instituto Europeo Campus Stellae
Área Europa
Formación y Becas de Estudio
Becas de 1.800€ en Unión Europea, Oposiciones y Gestión de Proyectos
www.campus-stellae.com
info@campus-stellae.com
+0034 981 52 27 88 / 630 327 998
- La próspera nación alpina teme la crisis europea y dificulta la inmigración
- Los suizos aprueban en referéndum un endurecimiento de las condiciones de asilo
Ana Carbajosa (Enviada Especial) Berna 9 JUN 2013 - 21:16 CET

Un transeúnte pasa ante un cartel del derechista SVP/UDC que llama a “frenar la inmigración masiva” /
Christian Hartmann (REUTERS)
En los
vagones de primera clase no hay ni un asiento libre. Son las siete de
la mañana de un jueves en el tren que une Zurich, el centro
financiero suizo, con Berna, la capital. En casi cualquier país esta
sería la imagen de un tren lleno, sin más. En Suiza no. En esta
isla de prosperidad europea, los trenes y los atascos en algunas
carreteras se han convertido para muchos suizos en claros síntomas
de que algo falla, de que las costuras del Estado de bienestar se
fuerzan más de la cuenta. Sienten, en definitiva, que en este
pequeño país no hay sitio para todos y que, por lo tanto, ha
llegado el momento de poner orden en las fronteras. Es un discurso
que se escucha en la calle, pero también en los despachos oficiales,
donde se hacen ahora eco de una agenda política con la que machaca
desde hace años la extrema derecha.
Los
suizos respaldaron ayer en referéndum con una amplia mayoría (79%)
un endurecimiento de su ley de asilo. Suiza ha sido tradicionalmente
un país muy generoso a la hora de acoger refugiados políticos en
comparación con los países de la UE. El referéndum celebrado ayer
es solo un paso en una batería de iniciativas con las que la clase
política trata de dar respuesta a la creciente ansiedad ciudadana.
La medida más sonada y la que ha enfadado a Bruselas ha sido la
activación de la llamada cláusula de salvaguarda, por la que Suiza
ha restringido los permisos de larga duración de los trabajadores de
la Unión Europea, incluidos los españoles. En los próximos 18
meses, hasta tres referendos decidirán sobre la entrada de
extranjeros en el país y contribuirán a redefinir la identidad de
un país en el que los inmigrantes (23% de la población, la mayoría
de ellos europeos, con los alemanes a la cabeza) han sido
históricamente el motor de la economía.
Lo
de la cláusula de salvaguarda ha sido más una medida simbólica que
otra cosa. Afectará a apenas 3.000 trabajadores de la UE, que en
cualquier caso podrán solicitar un permiso de corta duración hasta
que expire la restricción el año que viene. Pero la realidad, los
datos, son casi lo de menos. Porque lo que estos días dicta los
impulsos políticos en Suiza son sobre todo los miedos y las
percepciones, tanto o más reales, por otra parte, que la propia
realidad. Se trataba, como reconocen los propios gobernantes, de
calmar a la población y de demostrar que son capaces de decidir
sobre el rumbo del país, es decir, de tomar decisiones para
controlar la entrada y salida de trabajadores, incluso en contra de
Bruselas.
Los
apuros financieros de los países de la Unión han contribuido en
buena medida a exacerbar los miedos. El tormentón que arrecia con
fuerza en el resto de Europa ha vuelto a pasar de largo por Suiza,
donde la economía va bien —previsión de crecimiento del 1,2%—,
el paro resulta casi obviable —cerca del 3%—, y el ejercicio de
su particular democracia directa aún les garantiza una estabilidad
política envidiable. Conscientes del frío que hace fuera de sus
fronteras, buena parte de la sociedad suiza teme que hordas de
trabajadores extranjeros más o menos cualificados vengan a
estropearles la fiesta. Es lógico, explican, que si sus países no
van bien, quieran venir al nuestro. El sonido de la calle confirma
alguna de esas tesis. Los idiomas extranjeros se confunden en las
grandes ciudades suizas. El español, como el de Juan Crevillén, se
escucha con mucha frecuencia. Crevillén es un joven arquitecto que
trabaja en un estudio de Zurich desde hace dos años. Antes, probó
suerte en Londres, donde acabó fregando suelos. “Cuando me
ofrecieron venir aquí, no lo dudé”. Aquí gana unos 3.000 euros
netos al mes, pero advierte a los que estén pensando en emigrar que
la vida es mucho más cara en Suiza. “Es duro, pero los españoles
nos echamos una mano entre nosotros”.
La
patronal suiza no quiere restricciones de entrada. Para ellos, cuanto
más competencia, mejor. Thomas Daum, director de la Unión Patronal
Suiza, sostiene que 2014 será un año clave, en el que con sus
votaciones los suizos redefinirán su identidad. Daum considera que
lo peor está por venir y que la activación de la cláusula de
salvaguarda ha sido un mal menor. “Podía haber sido más
restrictivo. Podemos convivir con esta medida. Solo durará un año.
La gran cuestión es qué va pasar en los próximos meses, en las
próximas votaciones en contra de la inmigración. Nuestro mercado
laboral no es pequeño, no basta para que funcione nuestra economía”,
estima Daum. Las grandes farmacéuticas, la banca, y la producción
de maquinaria para exportación, principales pilares de la economía,
simplemente no funcionarían sin los que vienen de fuera.
Los
grandes argumentos que airean los que piden limitar la entrada de
extranjeros se desmontan de un plumazo. Los trenes no van llenos
porque haya más gente, sino en parte, porque el servicio ha
mejorado, es más rápido y eso ha hecho que más suizos lo elijan
como medio de transporte. Que la presencia de extranjeros propicie el
dumping social, es decir la caída de los salarios, es algo que la
patronal niega y que los sindicatos consideran que, de suceder,
debería solucionarse con más inspecciones y respeto de la ley. Y
que haya más criminalidad —los suizos ya no dejan abierta la
puerta de a sus casas como antes— es posible. Resulta sin embargo
que es en las zonas rurales, donde no hay apenas robos o ataques,
donde el discurso del extranjero peligroso arrasa, lo que demuestra
una vez más el poder de la percepción frente al de la realidad.
Es
precisamente fuera de las ciudades donde triunfa la extrema derecha
populista, la mayor fuerza en el Parlamento y probablemente la
principal responsable de que el debate migratorio cope en los últimos
tiempos junto con el fin del secreto bancario la agenda política en
Suiza.
Sí es
cierto sin embargo que la población suiza ha aumentado en varias
decenas de miles de personas cada año en un país de apenas ocho
millones de habitantes y que algunas infraestructuras no se han
adecuado al tamaño de la población. “Ha habido un crecimiento
demográfico importante en los pulmones económicos del país, que
por ejemplo no se ha acompañado de una política inmobiliaria y han
subido los precios de los apartamentos. De eso también se culpa a
los extranjeros”, apunta Cesla Amarelle, profesora de derecho
migratorio de la universidad de Neuchâtel y parlamentaria
socialista. “Los políticos no se dieron cuenta de que el
crecimiento tiene que ir acompañado de mejoras de las
infraestructuras. Hay gente que viaja de pie en los trenes y eso
nunca se había visto en Suiza”. En el tren de regreso a Zurich hay
asientos libres en los vagones. Ya no es hora punta.