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El comisario de Asuntos Económicos de la Unión Europea, Olli Rehn / Andrew Harrer (Bloomberg)
- El vicepresidente y comisario de Asuntos Económicos, Olli Rehn, ofrece en esta entrevista un mensaje positivo sobre el rescate que este jueves finaliza, pero tan repleto de matices como alejado de la complacencia que vienen mostrando el Gobierno.
Claudi Pérez Bruselas 23 ENE 2014 - 00:00 CET
¿Puede una fecha, un determinado momento cambiar la historia?
Jawaharlal Neru, el primer jefe de Gobierno de la India, llamaba a esos
momentos “cita con el destino”. España ha tenido varias de esas citas
últimamente: el 9 de mayo de 2010 fue una especie de día D, en el que el
Gobierno socialista vio por fin las orejas de la crisis oceánica que se
avecinaba; para el Ejecutivo de Mariano Rajoy, la hora de la verdad fue
hace año y medio, con el rescate financiero que dejó a España bajo
tutela de la UE. Olli Rehn,
vicepresidente y comisario de Asuntos Económicos, ha sido desde
entonces una figura clave, con un marcado perfil en busca de recortes
fiscales, y después de reformas estructurales. Amante de la música, del
fútbol y de los carajillos de anís de Madrid, Rehn (Mikkeli, Finlandia,
1962) ofrece en esta entrevista un mensaje positivo sobre el rescate que
este jueves finaliza, pero tan repleto de matices como alejado de la
complacencia que vienen mostrando el Gobierno y otros altos cargos
europeos. Y trata de sacarse de encima el sambenito de príncipe de los recortes: “No soy un cruzado de la austeridad”.
Frente a quienes piensan que los rescates dejan deudas inmanejables y niveles de desempleo preocupantes
que pueden envenenar la situación, Rehn defiende un enfoque basado en
las reformas, pero acompañado de inversiones en Alemania y de un mayor
activismo del BCE. Frente a quienes creen que los ajustes no son
simétricos, ni dentro de los países —castigando a los más
desfavorecidos— ni en el conjunto de Europa —relegando olímpicamente las
políticas de gestión de la demanda—, Rehn asegura que los esfuerzos
tendrán su recompensa y recuerda que ya se atisba la recuperación.
Cuenta Thomas de Quincey que los tártaros, llegados a mitad del camino
que pensaban recorrer para invadir Rusia y Europa, y conscientes de los
sacrificios que aún les aguardaban, se dieron cuenta de que tenían
tantas razones para seguir como para volver atrás. Rehn no parece tener
ese dilema. Su receta para Europa, y para España, es clara: “Hay que
seguir con las reformas”, aunque en el caso español arreglar los
desperfectos de la crisis “llevará más de 10 años” en variables clave
como el empleo, sostiene en animada conversación mientras apura un café
en la sede de la Comisión Europea.
Pregunta. ¿Rey de los recortes?
Respuesta. No me veo reflejado en esa
caricaturización. Soy consciente de que en el Sur me ven como una
especie de cruzado de la austeridad; en el Norte es lo contrario, soy un
blando. Pero necesitamos las dos visiones, consolidación fiscal y
crecimiento, y España es la prueba de que la Comisión ha intentado
combinarlas, extendiendo los plazos del déficit. No había alternativa
fácil, se equivocan quienes piensan que había formas más sencillas de
recuperar acceso a los mercados sin ajustes dolorosos: hasta 2012 se
hizo indispensable recuperar la credibilidad; cuando las cosas se
estabilizaron, suavizamos los objetivos.
P. En el Sur la percepción es distinta. ¿No echa de menos otro BCE o estímulos en el centro?
R. Europa tiene un problema con esa fractura
Norte-Sur; es esencial construir puentes entre las dos visiones. Las
cosas habrían sido distintas con otro diseño de los mecanismos de
rescate, en 2010: nos hubiéramos ahorrado algún año de crisis. No pudo
ser: a partir de ahí hemos intentado acompasar la solidaridad a una
mayor responsabilidad.
P. ¿Y el BCE?
R. En la historia económica no hay ejemplos de
recuperación sin aumento del crédito: debería haber una demanda externa
extraordinaria, y eso es improbable. Con la fragmentación financiera
actual, esos créditos tan caros en países como España o Italia son un
enorme problema para Europa. Pero el BCE prepara medidas.
P. Ya lleva año y medio así.
R. Con un shock de demanda en plena recesión, y con
una política fiscal rigurosa, una política monetaria más expansiva
podría funcionar. Reino Unido es la prueba: ese tipo de medidas no han
sido una cura milagrosa, pero al menos han ayudado. No soy quién para
aconsejar al BCE, pero tiene margen con la inflación tan abajo.
P.
El FMI avisa de que con la austeridad la eurozona podría acumular
deudas inmanejables. ¿Sigue creyendo que fue buena idea recortar en
plena recesión y no corregir el tiro más rápido?
R. La dinámica de la deuda pública en Europa se está
estabilizando: hay demasiado pesimismo al respecto. Cuando se hizo eso
no había muchas alternativas, por el incendio en el mercado de deuda.
P. No se discute eso; se discuten las dosis, la
velocidad, el hecho de que el ajuste se aplicara en todas partes a la
vez. ¿Tardó usted demasiado en corregir el tiro?
R. En los momentos iniciales había que dar un
volantazo; a menudo se olvida que después la Comisión se ha centrado en
el medio plazo, en los déficits estructurales y no en los nominales.
P. ¿Le preocupa la desconfianza de los europeos con la Comisión por su papel en la troika?
R. Varios países querían al FMI a bordo. Y la
experiencia del Fondo ha sido de gran ayuda; ha habido una cooperación
razonablemente positiva entre tres instituciones de fuerte carácter. Las
troikas han conseguido estabilizar las situaciones en países que
afrontaban crisis existenciales, sin una arquitectura institucional
preparada para shocks de este calibre. Entiendo las críticas, pero las
cosas han mejorado.
P. ¿Qué habría hecho usted diferente sin el FMI a bordo?
R. Habría puesto más énfasis en las reformas en las
fases iniciales de los rescates, y habría querido que todos los países
afectados hicieran suyos los ajustes desde el arranque para que la
ciudadanía entendiera la gravedad de la situación. Y habría sido mejor
poner más objetivos cualitativos, no solo cuantitativos, con el apoyo de
fondos estructurales para paliar los efectos a corto plazo.
P. La reciente conversión de Hollande es sorprendente. ¿Se ignora en Europa la importancia de la demanda en la recuperación?
R.
De acuerdo con algunos académicos, Europa tiene un problema que se
puede manejar impulsando solo la demanda. ¿La oferta no cabe en esa
ecuación? En mi opinión, debemos jugar con las dos cosas: hay países que
deben rehacer sus finanzas públicas, otros acometer reformas, en otros
se puede invertir más: estamos a la espera de los planes de Alemania,
que tiene una especial responsabilidad por su peso en la zona euro. El
caso de Francia es distinto: hay que intensificar las reformas, al igual
que en Italia.
P. En España ya ha habido un fuerte impulso reformista. Y el crecimiento potencial ha caído.
R. Los efectos de las reformas se ven en la
competitividad, en la exportación, en los indicadores de confianza, en
los mercados. Ya hay crecimiento e incluso el paro se ha estabilizado,
si bien a niveles inaceptablemente altos. Para que la mejoría se afiance
es esencial seguir con las reformas y seguir en una línea fiscal
fiable.
P. ¿Cómo explica a un español que con la devaluación interna la salida de la crisis sea tan borrosa?
R. El proceso de ajuste estructural está en marcha,
pero llevará tiempo sustituir un sector con tanto peso como la
construcción por otras actividades. En Finlandia tuvimos algo así hace
dos décadas: el ajuste duró cuatro años, pero funcionó, aunque la
recuperación del empleo tardó una década. España lleva tres años con las
reformas y lo normal es que tarde más de 10 años en recuperar las tasas
de desempleo que tenía antes de la explosión de la burbuja: arreglar
crisis como la española acaba costando una década.
P. ¿El rescate es un éxito?
R. Hay que distinguir entre la economía y el rescate
financiero. El programa ha funcionado; no me gusta la palabra éxito
porque quedan grandes desafíos por delante, pero las dudas sobre la
liquidez y la solvencia de la banca se han disipado. La economía tiene
que recuperarse de una década de excesos: la burbuja fue enorme y el
ajuste será largo y doloroso. Si tuviéramos una foto panorámica,
veríamos nubes y claros.
P. Cuesta ver los claros con una deuda pública disparada y con casi 600.000 empleos menos que al inicio del programa.
R. Transcurre un tiempo desde que se cruza la
esquina de la crisis y mejora el empleo. Además, el rescate estaba
focalizado en recuperar la confianza del mercado: eso ha funcionado.
Pero desequilibrios tan agudos como los de la economía española no van a
resolverse de la noche a la mañana. Es importante que el programa haya
finalizado, y hay que valorar que el sector financiero no tenga ahora,
ni de lejos, los niveles de estrés de hace 18 meses.
P. Póngase en los zapatos de Rajoy. ¿Qué haría mañana?
R. No veo más salida que seguir con las reformas y
confiar en una recuperación paulatina que permita absorber el exceso de
deuda, que va a erosionar las bases de la economía durante un tiempo.
Con tres prioridades: completar la reforma laboral poniendo el énfasis
en las políticas activas, y adoptar una reforma a fondo en los servicios
profesionales y en el sector energético.
Fuente: El País.